Yolanda Pantin: La palabra que respira en la grieta

Hablar de Yolanda Pantin es evocar una de las presencias más constantes, renovadoras y lúcidas de la poesía venezolana desde finales del siglo XX hasta la actualidad. Nacida en Caracas en 1954 y formada en la Universidad Central de Venezuela, Pantin ha construido una obra que se define por su conciencia del lenguaje, su sensibilidad hacia la historia y su mirada aguda sobre el cuerpo, la memoria y la herencia cultural. Su voz ha evolucionado desde una introspección íntima hasta una poesía que dialoga con el tiempo, los signos del deterioro, la violencia y la belleza que resiste.

En un país convulso como Venezuela, donde el presente es un vértigo y la identidad un territorio en disputa, la poesía de Pantin se erige como una forma de arraigo, una casa hecha de palabras que se sostiene en medio del colapso. Su obra no solo ha sido premiada y traducida, sino que ha nutrido el imaginario de generaciones de lectores en América Latina, España y más allá.

Yolanda Pantin inició su trayectoria dentro del Taller Calicanto, dirigido por Antonia Palacios en los años 80, espacio seminal para el surgimiento de una nueva sensibilidad poética en Venezuela. En 1981, junto a otros jóvenes escritores, fundó el grupo Tráfico, que proponía una ruptura con la retórica tradicional y una escritura más directa, urbana y crítica. Sin embargo, la poesía de Pantin pronto se distinguió del tono panfletario de algunos de sus contemporáneos. Su lenguaje, aunque sencillo, estaba cargado de silencios, sutilezas y una tensión contenida que sugería más de lo que decía.

Su primer poemario importante, Casa o lobo (1981), revelaba ya una poeta capaz de capturar lo femenino desde un lugar distinto: no como un lugar de enunciación autobiográfica explícita, sino como una interrogación constante del cuerpo, el hogar, el dolor y la pérdida. A lo largo de sus libros, como Correo del corazón (1985), El cielo de París (1989), La épica del padre (2002), Poemas del escritor (2014) y Lo que hace el tiempo (2017), Pantin ha ido depurando un estilo marcado por el ritmo contenido, el despojamiento y una mirada que mezcla la ternura con el extrañamiento.

Una de las claves de la poesía de Yolanda Pantin es su capacidad de inscribir el cuerpo individual en una temporalidad mayor, donde lo íntimo y lo histórico se cruzan constantemente. En La épica del padre, por ejemplo, la figura paterna se convierte en un símbolo de herencia, pero también en una pregunta sobre el país, la violencia y el desarraigo. La poeta desmantela la épica desde adentro, con un tono que mezcla el amor filial con la sospecha crítica.

Asimismo, en Poemas del escritor, Pantin pone en escena al sujeto de la escritura como figura fragmentaria: una voz que duda, que ensaya, que tantea. La poeta se distancia del yo lírico tradicional para ofrecernos un yo que observa desde la incomodidad, desde el borde, sin imponer su presencia, sino preguntando constantemente por el sentido del acto poético.

En su obra más reciente, Lo que hace el tiempo, Pantin acude a la memoria como materia poética. La infancia, la experiencia de la escritura, la decadencia de la ciudad, el paso del tiempo sobre el cuerpo y los afectos son abordados con una voz que no se rinde al patetismo, pero tampoco rehúye la melancolía. En su poesía hay siempre una conciencia de la fragilidad, una suerte de respiración que se escucha en las grietas del poema.

Poemas de la autora

OPACIDAD

Aunque parezcan de vidrio
nuestros poemas no son diáfanos.

Tendríamos que nacer de nuevo
sin quebrarlos.

BREBAJE

Lleva memoria y clavitos
en partes iguales, se bebe
al amanecer.

ESCRIBIR

No hay ninguna
pretensión
en este intento,

si antes era así,
ahora

viene y queda
el gesto

igual a

cuando niña
dibujaba

por placer
y no dormía
hasta pintar

lo que pensaba

y era un mundo
que se hizo
con los años

garabato,
torcedura.

APENAS

Como la matica
que está detrás
de mi cabeza

nos sostiene
un alambre dulce
muy fino.

SÓLO VEÍA UNA CARRETERA POLVORIENTA

como el calor me sofocaba dije basta
y me senté de cara a la ventana
para refrescar mi cabeza que tiritaba
al igual que una onza de gelatina
Con el hilo del sudor
hice un collar
para apretarme el cuello
además
las noches eran tristes
y rojas
tanto
que me dediqué a soñar con lo ojos abiertos
Sólo veía una carretera polvorienta
Eran noches nostálgicas
Te dije ahógame
y como no había cuerda
y el hilo en el cuello era invisible
juraste amor eterno
me hiciste una escena de celos

Luego lloramos en voz baja
para no despertar a los niños

Redacción Web

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