Humano, profundamente humano. Diego Emanuel Osechas Lucart es un alma tejida de contradicciones, como si hubiese sido modelado por manos que conocen bien la belleza de la imperfección. Es maracucho —con todo el calor, el verbo y la picardía que eso implica—, pero también es venezolano de espíritu ancho: lleva en la voz la nostalgia de un país herido y en la risa la terquedad luminosa de quien no se rinde.
Diego es un ser de contrastes que no se niegan entre sí, sino que conviven como versos en un soneto barroco: cristiano y pagano, pueril y devoto, solitario pero fascinado por el mundo que lo rodea. Su mirada es la de quien ha caído de la mata muchas veces, y sin embargo sigue viendo el cielo con ojos grandes y esperanzados.
Vive entre la lentitud y el vértigo, entre lo sagrado y lo cotidiano. Tiene días risueños en los que es fácil creer en todo, y otros en los que la tristeza le pesa como un himno lento. Pero incluso entonces, se mantiene profundamente alegre, como quien conoce el secreto de la luz que no se apaga.
Es impresionable —sí— y despistado, pero eso lo vuelve aún más humano: su sensibilidad lo conecta con lo invisible, lo accidental, lo que otros no notan. De ahí nace su poesía, su forma única de leer el mundo como si cada gesto, cada sombra y cada silencio tuviera su propia historia.
Diego es, quizás, una suma de opuestos que no se contradicen, sino que se complementan. No pretende ser coherente: prefiere ser real. Y en esa honestidad contradictoria reside su mayor fuerza.
Un hombre de fe y duda, de ternura y risa, de cansancio y búsqueda. Un testigo de la vida que escribe, siente y respira como si todo —absolutamente todo— aún pudiera ser redimido.
No conoce soledad
mi poema.
Siempre espera quien lo recite.
Una vida ciega
Desdibujo cada símbolo,
ignoro todo mensaje,
olvido cualquier sueño,
niego el dolor que soy.
Cuido milimétricamente la palabra
porque la lengua es imperfecta.
No vaya a ser que escupa
cuanto necesito decir.
A quien pueda interesar
Solicito aquí algunos favores
ya imposibles para mí. Encárguese
quien sienta en el alma
un cuerpo sin nombre,
y una forma lejana aún.
Primero, para saber que me alejo,
canta dos veces mi nombre ajado
y no me llames poeta jamás:
cuanto he escrito, aunque mínimo,
es más grande que yo,
y apenas cabe mi cuerpo
en una letra.
(No he sido poeta,
sino receptáculo
quebrado, informe;
cuan poco han dicho las Musas
blandiendo mi lengua herida
con náufraga alegría he cantado.)
Déjame en la orilla una vez
y enciende una lamparita verde
para ver la tierra perdiéndose.
No necesito caminos fijos,
pues me antecede mi Alma eterna
y bien conocen sus surcos
cada gruta
de la noche alborotada.
No mires mi cuerpo,
sino mis sueños.
Ya verás al recogerme las palabras
con palas de nieve
que pasó la hora
y nunca llegó la Voz Eterna.
Sólo quedó el hombre
desnudo como soy.
Dejo todo como está
y como es.
Lo poco que pretendí un día
al siguiente lo olvidé
y lo mucho que amé
apenas hizo mella en el Otro.
Tan sólo perduró el nocturno silbido
de mis antepasados.
Ya no cantarán para mí.
Suéltame aquí en la sal alargada.
Deja que descanse
esta máquina enmudecida,
¡Mi corazón, mi corazón!
Ya me exhorta el río último
a entrar en su sudor de caucho derretido.
Olvida todo cuanto he dicho.
Yo, que he envidiado a quienes se urden a la nada
porque bien han podido ser algo,
prefiero tumbarme,
bien prefiero ser Nada.
Lo que digo ahora es,
por primera vez,
absoluto.
Creo que desperté
en la medianoche ajena.
Sobre el día que pintamos juntos
El hádico se cernía
sobre la polvareda celestial
y entre todo aquello informe,
de formas ya escritas,
se tallaba tu silueta ansiada
por mi silueta amorosa
en algún circón hoy enterrado.
La mano perfecta que hoy amanece
buscando en la tierra inasible
la memoria del día primero
sólo sabe enrojecerse absoluta
al presentir el dulce mal
de tu peso sobre el mío:
dos arqueas primitivas
de algún lugar arcaico,
cercadas sobre la roca
de hermanados flagelos.
Oh, cuántos eones
buscándonos el aliento, tú y yo:
desde el espacio vacío y fértil
del ayer olvidado,
hasta el espacio vacío y fértil
del último mañana.
Acumulación de querellas
Deseo una certeza única
partida en mil
como piedra angular
para mi templo adolorido.
Ante un dios desértico
que sólo ha sabido reír
ante mi querella moribunda,
presento estas preguntas,
como poemas desparramados:
¿llegará este barco a su orilla,
o me impedirá mi herida
mayores fracasos?
¿Tendrá esta rotura alada
mi rostro en la tierra
por miedo a desear?
¿O me estará vedado por siempre,
por mis manos incómodas,
el reino de la voluntad
con sus murallas imposibles?
¿Podré acaso elevar un brazo
por el tiempo pasajero?
¿Seré eternamente,
sólo por desear alguna eternidad,
esta adición vacía?
¿Me casaré algún día?
¿Seré entendido en mi delirio?
¿Tendré una casa o algún lugar?
¿Será este sueño un absoluto de muerte?
Dime, Dios, por favor,
si habrá un pecho mordido
que rescate este cuerpo liminal,
si iré a Grecia alguna vez
a ver el rostro de una mujer amada
como el rostro que es.
¿Sabré para qué
o por lo menos cómo?
¿O será todo una timidez maldita
de cuerpo encerrado,
de orgullo solar,
de nada y de nadie,
de pueblo olvidado
de ruina sin pilar,
de ficticia parusía?
El destino de esta noche
tiende ya a la incompletitud
de mi irrecusable mismidad,
y el fastidio de haber sido
el joven proferido por tantos otros
un tanto más completos,
un tanto más espabilados,
me rebusca en el trino
de vagar por siempre
entre lo que soy
y lo que procuro.
Nací bajo mala estrella,
luna llena, luna muerta,
y todo en mí ha buscado la luz
de una ausencia divina.
He sido un caído de la mata,
y crecí atolondrado
con las alas y mis dedos
encintos de arena muerta.
No he conjurado más que cegueras
y he rendido mi Alma bajo altares
insensatos. Ya basta.
Para esta pira funeraria
he dejado como sacrificio mi historia
(con sus muertos sutiles
de hartas españas, portugales y polonias)
a ver si en su ceniza oculta
se dibuja la mínima esperanza
de un círculo total.
Totalidad
No basta, Señor,
sentarme a tu derecha
ni salvarme para siempre.
Yo deseo, oh Santidad,
dejarlo todo:
ver en cada símbolo
un pedazo de mi Alma agitada;
encontrar, al fin, en el centro de Todo,
Tu mano sobre mi mano,
mi rostro en el Tuyo.
Al daimón
Si me alejo de tu brazo,
Voz Infinita,
déjame reposar en el sueño
de volver a casa
si acaso bien pude dejarla atrás;
y de aquel rompimiento obsceno
que parte un surco de unión
enmendar lo que soy:
cruel hombre traicionero
de imagen sin semejanza.
(¿Qué me dirá la luna
del largo caminar,
si de los buenos manantiales
brotan los buenos ríos?)
Con mi fe
tejeré levemente una canción
a lo invisible.
Redacción Web

