Luis Gómez (28) nació y creció en San Cristóbal, estado Táchira, Venezuela, en un entorno de tranquilidad que dejó una huella profunda en su sensibilidad poética. Desde muy joven fue influenciado por la figura de su padre, a quien veía constantemente sumergido entre libros y periódicos, sembrando así las primeras semillas de su amor por la literatura. Aquella cotidianidad silenciosa, pero cargada de palabras, fue el preludio de su vínculo con la escritura.
Años más tarde se trasladó a la ciudad de Maracaibo para estudiar Psicología, una carrera que no solo profundizó su comprensión del ser humano, sino que también agudizó su percepción emocional y creativa. Fue allí donde comenzó a transformar sus pensamientos en versos, explorando con honestidad temas como la memoria, el duelo, el amor y la búsqueda interior. Su poesía se caracteriza por una voz íntima, reflexiva y sensible, que dialoga con lo cotidiano y lo trascendental desde una mirada profundamente humana.
Quería que lo supieran
Entre grandes rascacielos, la brisa se escabulle por los rincones, jugando con rayos de luz que rebotan entre ventanales.
Y yo, siendo un turista de capital, conociendo cada grieta de la misma, donde nunca escatiman licores baratos y colillas de cigarrillos.
Quería que lo supieran: la marea nunca vendrá a rescatarlos entre tanto auge de una ciudad seca.
Porque seguimos viendo al cielo, esperando un suspiro de vuelta, sabiendo que somos hombres incoloros.
No permito que nadie se acerque a mi apellido sin antes elogiar el suyo, porque de mi amante el ego busco, en interminables batallas, convertirlo en mi enemigo.
Quería que lo supieran: que de amor sí se muere, de forma lenta y dolorosa, desde su núcleo hasta las puntas del cabello, pero es necesario, en esta vida, renacer las veces necesarias.
Sin penumbras de mi pasado, acepto todo lo que me hizo ser quien soy hoy, para no llegar a ser como estos hombres tristes que se tiñen de negro para hacer ver su sombra gigante.
A veces el silencio fue más honesto
que cualquier poema, y aun así lo rompí mil veces solo para no parecer cobarde.
Porque a veces hablar duele, pero callar te desangra sin dejar rastro.
Quería que lo supieran: he perdonado a quienes me rompieron
antes de aprender a sostenerse.
Y he amado incluso cuando ya no había
ni tierra firme bajo mis pies.
Porque al final, si todo se derrumba, quiero que al menos recuerden
que alguien lo dijo con el alma desnuda.
Quería que lo supieran:
Yo también fui invencible
Hasta que me atreví a sentir.
Gris
La ciudad enfurecida
no para de juzgarnos.
Nos arropa en su manto
sin esperar goce del aldeano.
Me nubla el horizonte
y eso en mí es pecado.
Anhelo una lluvia nocturna
que limpie todas mis clemencias.
Espero en silencio
que el alba nos libere,
que el sol redima el alma
de este exilio urbano.
Migrante
En la delgada línea de la cordura,
las grietas comienzan a prevalecer,
abriendo libros de antaño
que, entre cenizas, creímos perder.
No me compadezco de la penumbra,
que arropa como lluvia torrencial;
se denota la silueta de migrante,
que brilla de forma natural.
Miradas con ojo de juicio
apuñalan varias espaldas,
aferrándose a arrogancias,
ignorando las creencias.
La cercanía nos aleja,
viniendo de la misma tela:
distintos colores de hilo,
sin notar que son el mismo.
28
Sin preocupaciones del ayer
y con ansias del mañana,
aparece una grieta más
en este cuerpo terrenal.
¿Las nubes envejecerán conmigo?
—piensa la montaña desolada en días despejados—
ya que la luna solo enfría sus noches
y el sol hierve su presente.
Así como lágrimas despreocupadas,
observando más allá del horizonte
sin esperar una mirada de vuelta,
no quiero quedarme con la duda.
Planea vivir sin cadenas ni recuerdos,
con el viento como único testigo
y el tiempo fiel compañero,
hasta que la grieta final lo reclame.
Desvelo
Pequeños detalles se dan a conocer,
queriendo pasar desapercibidos.
Y deslumbran cual noche estrellada,
de aquellos que solo huyen del amanecer.
Manta oscura que me arropa,
me suelta en el abismo de la noche.
Y la soledad me acompaña;
las estrellas solo me estorban.
El tiempo danza en sus ojeras,
la luna es juez de mi desvelo.
Y yo, perdido entre su embrujo,
me entrego al eco frío del anhelo.
Pero al final, en la vasta negrura,
la esperanza traza su sendero,
y aunque las estrellas me hieran los ojos,
aguardo el alba como un viajero.
Sonrisa en cuarto menguante
Sonrisa en cuarto menguante,
cigarrillo con olor a perfume,
piel que me llama y me incita…
¿Qué clase de caricia desordena tanto tu cabello?
Vino en la tinta, vino en la sangre,
apetito de una charla sin fin.
¿Quién yace detrás del pincel?
Una obra a medio terminar,
junto con un beso a media mejilla.
Suspiras, y respiro;
acaricias, y me estiro.
Suelta ya esa copa
y dime en qué forma despojo tu ropa.
Redacción editorial


Me encantó Sonrisa en cuarto Menguante..mucho talento venezolano!!
Quien suscribe este comentario es el padre de este Poeta, quien hoy se atrevió a dar ese gran paso a la poesía. Te has sumergido en ese hermoso arte literario de la poesía en tiempos, donde la juventud ha desplazado el uso de un buen libro, por un celular, table o cualquie aparato que lo sumerge en la adicción y el poco uso de la menta creativa. En la niñez, juventud, adultez y hasta la tercera edad, vemos como hemos sido dominados por estos aparatos electrónicos, que nos han vuelto más adictos a los juegos y noticias banales, que a su uso, como herrienta de mayor interés personal y profesional. Por tal motivo, hoy me llenas de orgullo el saber que viste en la literatura y la poesía ese camino que te dará muchas satisfacción en tu vida y que de allí podrás explorar cualquier sentimiento interior que quieras dar a conocer al mundo, pero contados desde las líneas que dan rienda suelta a la creatividad y el juicio que cada quien, quiera darle a tu escrito.
Felicidades hijo. Hoy quiere expresar el orgullo que siento al saber que haces, lo que en verdad te gusta.
Te amo hijo. Sigue así.
Orgullosa de mi hermano y que cumpla un sueño
Tienes ese don de escribir de trasladar lo que sientes en una poesía