Editorial J. Bernavil

Poemas de la Premio Nobel de Literatura Anne Carson

Anne Carson nació en Toronto, Canadá, el 21 de junio de 1950. Poeta, ensayista, traductora y profesora, es una de las figuras más destacadas de la literatura anglosajona contemporánea. Especializada en lenguas clásicas y literatura comparada, su obra se caracteriza por la exploración del deseo, la memoria, el amor y la pérdida, así como por el diálogo entre la literatura clásica y las formas de expresión contemporáneas.

Estudió en el St. Michael’s College de la Universidad de Toronto, donde se especializó en lenguas clásicas. Aunque interrumpió sus estudios en dos ocasiones, finalmente obtuvo su título en 1974. Posteriormente, amplió su formación en la Universidad de St Andrews, en Escocia, donde profundizó en la métrica y la crítica textual griegas. En el ámbito académico, ha ejercido la docencia en instituciones como la Universidad McGill y la Universidad de Michigan.

Entre sus obras más reconocidas se encuentran Eros, dulce y amargo, Autobiografía de rojo, La belleza del marido, Si no, el invierno, Economía de lo que no se pierde y Decreación. Su escritura combina poesía, ensayo, traducción y experimentación formal, desdibujando los límites entre los géneros literarios.

A lo largo de su trayectoria, Carson ha recibido numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio de Poesía Griffin. En 2020, fue galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Letras por la intensidad y el rigor de una obra que renueva los lenguajes de la poesía y el pensamiento contemporáneos.

Líneas

Mientras hablo con mamá ordeno cosas. Lomos de libros junto al teléfono.

Clips

en un cuenco de porcelana. Residuos de goma manchan la mesa. Ella habla

con nostalgia

de la muerte. Empiezo a girar los clips en la dirección contraria.

Fuera

de la ventana la nieve cae en líneas rectas. A mi madre,

amor

de mi vida, le cuento lo que almorcé. Las líneas caen ahora

más

de prisa. El destino añade peso en los extremos (para apresurarnos)

quisiera

decirle: es señal de la misericordia de Dios. Ella no me retendrá

dice, ella

no me pasará factura. Los milagros se escurren sin darnos cuenta. Los

clips

están eternamente alineados. ¡La misericordia de Dios! Cuánto tiempo

la sentiré

arder, dijo la niña intentando ser

amable.

Nuestra fortuna

En una casa al atardecer la lección final de una madre

devasta el poniente y sella el pacto.

Mira por las ventanas al anochecer y verás gente de pie.

Somos así, teníamos un pretexto para estar dentro.

Llegó el día, cortamos el fruto (cortamos

el árbol). Ahora estamos fuera.

Aquí hay una deuda

saldada.

Sin puerto alguno

En la antigua lucha entre hálito y muerte, se concede un último sueño.

Aceptamos una oferta por la casa.

En la suma de las partes,

¿dónde están las partes?

En silencio (allí) aguardan hojas y ventanas.

Nuestro tendedero desnudo corta la inclinación de la noche.

Y en su grito por el perdido atuendo de la luz celestial

ángeles y detritus nos reclaman al flotar por nuestra cancela aún cerrada.

Ella celebraría hoy el 50º aniversario de su boda

El frío implora ante un muro romano.

La luz es intensa (atrapada)

y las sombras esperan como

capuchas a punto de caer.

El cerebro llama

dos veces

por sal.

Acaso fue Ovidio quien dijo, Tanto viento enmudece las piedras.

Ciertas tardes ella no atiende el teléfono

Febrero. Hielo por todas partes. Pueden sentirse distintas densidades del hielo.

Sus tonos –azul blanco marrón a gris-pardo plateado– varían.

Parte del hielo tiene grava en el centro o sombras en su interior.

Otra parte es lisa como una ladera, no podría sostenerte.

De pie sentirías que el viento se atenúa, se deshila.

Todo cuanto hemos deseado, se deshila.

Los pequeños no pueden sostenerse sobre el hielo.

Ni una carta, ni un esbozo de letra, puede sostenerse.

Cegadoramente, lo que allí hay de mundo, quema.

Febrero. Hielo por todas partes. Pueden sentirse distintas densidades del hielo.

Esa fuerza

Esa fuerza, madre: desenterrada. Martillada, encadenada,

sombría, agrietada, sollozante, arrolladora, encerrada

en sus lamentos, martillada, martillando residuos

de muerte. Aferrada y contenida,

informe y voraz. Cuchillo.

Sin desangrar la médula

esa fuerza, madre,

se detuvo.

Pienso que el pobre pueblo ha sido muy maltratado

Luz contra los muros de ladrillo y un viento boreal ennegrece las ramas.

La sombra extrae las entrañas de la luz ya secas en su palma.

Come tu sopa, madre, dondequiera que esté tu mente.

Despunta el mediodía invernal. Frágiles soles

aún vivos alivian los soles de aquel día.

Pues el pobre pueblo sueña

con rendirse, madre

nunca insensible,

madre valiente

y feliz.

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