Con tan solo 20 años, la literatura y el teatro ocupan un lugar fundamental en la vida de esta joven escritora, quien cultiva su pasión por las palabras desde la infancia. Actualmente estudia Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde continúa profundizando su vínculo con la literatura y explorando nuevas formas de expresión artística.
Comprometida con la difusión de la poesía y convencida de que la palabra debe llegar a todos, se dedica a compartir sus versos en los vagones de trenes y subtes de Buenos Aires, convirtiendo los espacios cotidianos en pequeños escenarios donde la poesía encuentra nuevas voces y lectores. Asimismo, dicta talleres literarios de manera intermitente y participa activamente en distintos espacios de encuentro e intercambio cultural.
En 2023 publicó Los trece miedos, un compilado de relatos en el que explora las emociones y los temores humanos. En 2025 presentó Rosa de los vientos, un poemario publicado junto con la editorial Árbol Animal, consolidando así su camino dentro del universo literario. Actualmente trabaja en dos nuevos proyectos: la novela La niña de la luna y el poemario Dónde caerse muerto, mientras continúa escribiendo relatos y dando forma a nuevas historias.
A lo largo de su recorrido, participó en diversas propuestas literarias y concursos, entre ellos los Juegos Bonaerenses, donde llegó a la instancia final en Mar del Plata, el certamen José Carlos Capparelli y la antología Trazo Lunar. También formó parte de espacios de formación como el taller Literatura para vivir y participa en encuentros y cafés literarios, entre ellos Castelar te lee y el ciclo INTEGRARTE, organizado por la Sociedad Argentina de Escritores (SADE).
Su recorrido se caracteriza por una búsqueda constante, el deseo de experimentar con distintos géneros y la convicción de que la literatura puede tender puentes entre las personas. Entre la poesía que comparte en el transporte público, los relatos que escribe y los proyectos que imagina, construye una voz propia, joven y en movimiento, que encuentra en la palabra escrita una forma de habitar el mundo y acercarse a los demás.
Letargo de Latinoamérica
¿Cómo podés estar dormida
en ese sueño letárgico?
susurra una voz antigua,
la voz del río en la noche,
que corre hacia al mar,
que se repite, una y otra vez.
Y yo ya no puedo moverme;
En mi cuerpo se configuró
una quietud extrema.
Ya no tengo que comer,
ni me interesa buscar.
No quiero mirarme
la costra que cicatriza,
para no ver el pus de la infección.
Me rebanaré el brazo con mi facón,
y la vida continuará,
dando vueltas y vueltas,
Como la rueda del carro lleno de basura.
No me atrevo a la guerra, ya viví eso.
No me atrevo a la lucha, ya estoy cansada.
Me quedo aquí, aletargada,
escribiendo una esperanza más,
hasta que me quede sin mi brazo.
Tal vez mañana, o pasado,
ya no sienta la fiebre, pase la infección,
y pueda moverme, levantarme.
El fantasma de Canterville
A Christian.
Soy hiel amarga, pero bebés de mí,
criatura buena, que no teme mi veneno,
y, en tus labios, sentís como si fuese agua,
del lago más fresco y claro, pajarillo,
o leche pura, del cántaro de la madre.
Soy rosal envuelto en telarañas,
pero, ante el riego de tus lágrimas santas,
de mis secas espinas crecen pimpollos blancos,
que quizás lleguen a ser rosa un día,
si vos no olvidás nunca regarlos.
Es que tu amor es la brujería de la luna,
que hace áureo oro de lo opaco,
de la sangre un torrente del río,
y de mi alma deshecha milagro de fe,
porque cediste a un ruego mío.
No hay en ningún astro de la Creación
otro ángel capaz de rezar mi nombre,
de llorar por esta alma en pena de Canterville.
Débil alma la mía que vos, criatura santa,
hiciste subir al cielo una noche.
Ahora puedo descansar, por fin,
sin que el horror altere mi sueño ni yo atormente,
por obra de tu magnífica voz, de tu milagro,
Ángel mío, porque rogaste por mí,
todo lo terrible se dobló en benigno, y yo sueño.
Las cruces
Las cruces ¿Qué me decías de las cruces,
la última vez que estuviste aquí?
Como tengo que recordar,
empiezo a sentir tu abandono.
Cuando morí, estaba sola,
y ahora también lo estaré.
Ya no venís a la tumba a menudo.
Sé que te prohibí dejarme flores,
porque me parece vil adornar
el cemento mortuorio, con más muerte.
Pero, aun así, amado cruel,
¿Tenés idea lo feliz que sería yo
si tu voz hiciera eco aquí, de nuevo?
En esta tumba, cóncava y gris,
se está tan sola, y tus visitas
eran las únicas, y aliviaban
el pesar de haberme matado
y descubrir que la muerte
es una continuidad inextinguible
de los padecimientos de la vida.
Solo tu llegada puntual me aliviaba,
y ahora que carezco de tu presencia,
la soledad comienza a curvar
esta existencia póstuma, en la tumba,
hacia la repetición trágica de la vida.
Las cruces ¿Qué me decías de las cruces,
la última vez que estuviste aquí?
Inefabilidad
Yo no sé cómo explicar lo que sucede
Cuando las aves negras irrumpen en mis cienes.
De pronto me enceguece
un deseo maldito; es el trino suyo
Que susurra terribles verdades.
Quien pregunta no comprende sus píos,
Porque no es poeta y no conoce
el idioma de la naturaleza ni del horror.
Así que las golondrinas regresan a menudo,
Mutilando mi paz, enfermándome,
y desesperando mi entendimiento.
Es que han hecho nido aquí,
Enhebrando una a una las ramillas
De mi trastocada imaginación,
Impunes, tiranas de satén negro,
Que juegan al dominio imitando
a los hombres rubios del primer mundo,
así de oscuras y viles son.
Y no sé por qué han elegido esta cabeza,
habiendo más brillantes o más malvadas,
y, en cambio, la mía solo piensa,
siente y escribe, lo horrible de su naturaleza.
Será tal vez que hay ánimas que irrumpen
traídas por el vuelo a mi cabeza,
para escribirme el alma en papeles.
Las dejo hacer versos según su capricho:
“tomen mis manos, úsenlas para trazar,
y que mis dedos tamborileen sobre el teclado
o acaricien con dulzura el bolígrafo,
o lo presionen con fuerza, escribiendo errática,
y mi piel, que se manche de azul y amarillo,
como en un cuadro de Picasso.
Usen mis ojos para repasar, repetir, reflexionar,
usen, es suyo, usen mi cuerpo entero para escribir.”
Así digo, y las ánimas me escriben el alma en papeles.
Fermín
Hoy, tu tristeza al sol
quiere ser real,
aunque no lo creas.
Spinetta.
Fermín había descubierto los misterios del tiempo:
No era un largo camino, una procesión infinita
Hacia algún designio divino,
Una línea recta, trazada por el dedo celeste
Al cielo o al infierno, nada de eso;
El tiempo, afirmaba, era redondo, transcurría en círculos,
Como los astros, o como una víbora de cascabel,
Devoradora de hombres, de pueblos enteros,
Que para hacer la digestión se enrosca sobre sí,
Una y otra vez, vuelta tras vuelta, infinitas vueltas,
Siempre igual, gastándose apenas los aros
En el roce contra la tierra seca,
con pequeñas aureolas de cambios y recambios
Pero siempre con el gusto a repetición,
A paso sobre repaso, a camino transitado,
al presentimiento de la huella de los zapatos
sobre el polvo de otras pisadas, antiguas y futuras.
Fue entonces que a Fermín se le ocurrió:
podía viajar en el tiempo, si dominaba a la víbora,
sin matarla, claro, si no girando como ella,
encaramándose a su lomo azul y dejándose llevar,
una y otra vez, vuelta sobre vuelta, mirando al cielo,
girando como un sol, un precioso sol,
que iluminaría la vida de los hombres sin tiempo.
Mientras giraba, lo llevaron al hospicio,
Pero aún lo dejan salir al parque,
a dar vueltas sobre sí, como los astros, bajo el sol.

