Ana Valín García nace en la ciudad gallega de Lugo en 1980. Pasa su infancia en distintas localidades de esta Comunidad, mudándose con frecuencia lo que le dificulta el echar raíces. A los 9 años la diagnostican de TDHA y altas capacidades. Afronta este reto a través de las rimas iniciándose en la poesía. La primera autora que lee es Gloria Fuertes.
Ya de adulta cursa en primer lugar periodismo ejerciendo durante casi una década como reportera en distintos medios de comunicación. Posteriormente estudia magisterio y se convierte en profesora de educación infantil. Actualmente compagina esta labor con su vocación poética.
En 2018 publica su primera novela de corte surrealista, El vals de las hormigas. En 2023 nace su primer poemario, La muerte de Alicia (o el ocaso), una propuesta que rinde homenaje a la maternidad tras sufrir una depresión postparto. En 2025 publica su segundo poemario En las latitudes de un miedo políglota, en relación al dolor de separación.
En 2024 le conceden el segundo premio de poesía María Mariño. En esa fecha comienza a participar en distintos circuitos poéticos como Slams, recitales, ceremonias poéticas, ferias de libros como la de Santiago de Compostela o la de Vallecas. Además, se inicia en las tareas de formación impartiendo varios cursos de escritura creativa en diferente librerías.
Ana Valín García (Mirlo Blanco)
Texto sin título del poemario En las latitudes de un miedo políglota, de la editorial Loto Azul (página 77)
En mi clase de manualidades
recompongo un corazón roto
que ahora, más que de carne y hueso,
parece de papel maché.
Y vigilé antaño, justo un día antes,
durante casi toda la noche,
la migración de un grupo de libélulas
del crepúsculo a la luz.
Y finalmente, me di cuenta,
de que todos necesitamos una mecha para prender,
el principio de algo que haga chasquear;
un nuevo principio.
No quiero bañarme nunca más
bajo el mismo chorro,
ese que baja por la ensenada
y suena tanto a final,
pero sin ser feliz.
El final de las películas antiguas,
esas en blanco y negro,
parece estar hecho de letras muy pesadas,
unas que surgieron por casualidad, después de un deshielo.
Y a pesar de que el mundo entero se congeló tras ello,
ellas no,
Dios no,
ni yo tampoco.
Sin embargo, yo soy frágil,
aunque para nada rompible,
igual que las alas de esas libélulas
buscando el sol.
En mi clase de manualidades
recompongo mi corazón roto,
que ya no está lleno de sangre
y sería fácil de estrujar para ti.
Lo mejor que puedo hacer
cuando acabe esta autorreparación
es volver a mi madriguera;
justo a tiempo, para la hora del té.
COMO LOS VENCEJOS
Si tú no quieres que la piel se te desprenda
en lonchas, a tiras,
regístrate en una onda emocional más corta,
una que no te exponga al olvido,
a terminar desmembrado como una figura de cera
en un museo remoto de una ciudad cualquiera.
Hemos sido cercanos en una escasez
extremadamente adaptada al vuelo,
y tú lo sabes,
durmiendo, copulando en suspensión;
en el vacío y boca abajo,
como los vencejos.
Y ahora, lo que nos queda,
es atraernos, sin pies.
Pero se me olvida que aquí,
en esta latitud no hay vencejos.
Simplemente sus plumas no llegan.
Ellas se aplastan por el peso de la distancia
igual que se repliega una persona cuando no soporta más
el odio o el dolor.
No reducimos entonces a cenizas.
Yo me reduzco a un cuerpo del que emana
más tristeza de la que debería,
me someto al engaño del yo
queriendo ser otra,
queriendo ser ave.
Y ahora, lo que nos queda,
únicamente lo que nos queda;
es atraernos en el cielo.
OJOS VACUOS
Ojo de canica,
que se saca pero no se quita.
Ojo pequeño y juguetón
para ver horizontes,
horizontes poéticos de Lorca.
Ojo que se une con otro ojo
cuando dormimos
solo cuando dormimos y sostenemos
un sueño daliniano,
casi derretido.
Óculo de cielo estrellado
como las noches pictóricas de Van Gogh
que se condensa en fluorescentes
a punto de estallar
igual que las enanas blancas.
Óculo relleno de dudas
que se reencarnan
en culpas freudianas
que luego se convertirán en tatuajes perpetuos
incapaces de cicatrizar.
Mirada propia, distinta, neurodivergente.
Ahí estoy yo,
instalada en la frontera sintáctica
entre el ver…
o el quedarme completamente ciega.

