Alejandra Irene Hocher nació el 20 de septiembre de 1967 en la hermosa localidad de La Falda, provincia de Córdoba, Argentina, un lugar rodeado de paisajes serranos que forman parte de la riqueza natural y cultural de nuestro país. Actualmente reside en la ciudad de Paraná, provincia de Entre Ríos, donde continúa vinculada a la vida cultural y al mundo de las letras.
A lo largo de su trayectoria, se formó profesionalmente en el ámbito educativo, obteniendo los títulos de Profesora de Matemática, Física y Cosmografía, y de Licenciada en Gestión Educativa. Su formación académica y su experiencia en el campo de la educación han sido parte fundamental de su recorrido personal y profesional, brindándole conocimientos y herramientas que enriquecieron su mirada sobre el mundo y las personas.
Hoy, ya jubilada, inicia o continúa una nueva etapa de su vida, con más tiempo para dedicarse a sus intereses personales, explorar nuevas inquietudes y disfrutar de aquellas actividades que despiertan su creatividad y sensibilidad. La jubilación representa, sin duda, una oportunidad para mirar hacia atrás con gratitud por el camino recorrido y, al mismo tiempo, abrir las puertas a nuevos proyectos y experiencias.
Como autora, Alejandra Irene Hocher encuentra en la escritura un espacio para expresar sus ideas, compartir sus pensamientos y dar vida a sus palabras. Cada texto constituye una oportunidad para transmitir emociones, despertar reflexiones y establecer un vínculo especial con quienes se acercan a su obra.
Su historia reúne el valor de la formación, la dedicación a la educación y el deseo de seguir descubriendo nuevos horizontes. Desde sus raíces cordobesas hasta su presente entrerriano, Alejandra continúa construyendo su propio camino, llevando consigo las experiencias vividas y la riqueza de una trayectoria que se proyecta también a través de la palabra escrita.
Monstruo
No toques la puerta,
déjala cerrada.
No quiero que alguien
entre a verme en este estado.
De mi boca sale una rama,
de mis oídos fluyen insectos,
espantosos insectos.
Un trozo de carne cruda deshilachada
cuelga por entre mis dientes.
No tengo manos, solo muñones.
No tengo lágrimas porque no tengo ojos,
solo cuencas oxidadas.
No abras la puerta.
Este monstruo que soy no debe ser visto.
Cerrar
Cerrar el día…
El día es muy largo.
Alguna vez debería terminar.
Olvidamos las llaves en algún bolsillo,
ahuecamos la almohada
con la ilusión del reposo.
Las piernas migran hacia
los lugares más frescos de la cama.
Las sábanas secadas al sol
se sienten diferentes.
Guardamos el camisón
debajo de la almohada,
con puntillas y bordados p
ara lucir frente a nadie.
El día debe terminar,
pero no en silencio.
Algo adentro de mis oídos silva
una atronadora melodía sin armonía.
El torso se eleva buscando respirar.
Una grieta se abre sobre el colchón:
son los rasguños del gato.
Apenas asoma un trino
anunciando que amanece.
Desborda la taza de leche tibia,
como una nube condensada.
Migajas de sol
barren pelos de gato sobre mi cama.
Hay una tostada. ¿O son dos?
Hay un mantel floreado. ¿O era liso?
Tal vez está manchado,
sí, eso es,
tiene una mancha que se extiende
mientras el día crece.
Nuevo
Nuevo día.
Invierno.
Cama tibia.
Gato
incrustado entre mis piernas.
Revuelvo recuerdos.
Extraño voces.
Busco consuelo.
Faltan luces.
Casi no leo,
no recuerdo lo que leo.
Dejo rastros
desmigajados junto a la puerta,
la última puerta que atravesé.
Espía
Te espío
detrás de retorcidas volutas.
Adivino lo que sugieres
y te doy un nombre.
Yo también oculto cosas,
porque soy sombra.
Invito, pero no entrego,
revuelvo, pero no disuelvo.
Te espío,
más por hábito que por costumbre.
Mientras te tragan
las arenas movedizas
solo tu mano asoma,
pidiendo auxilio.
Paso de largo. No me gusta
detenerme en sitio oscuros.
Lazo
Un lazo
invisible
e indivisible.
Un lazo
que es, casi,
un abrazo.
Un lazo
meditado
y transformado.
Un lazo
entero
y dialogado.
Un lazo
persistente
y urgente.
Un lazo
que no asfixia
ni somete.
Un lazo
que es idea
y puerta.
Un lazo
que desprende
acompañando.
Un lazo,
casi como dos
manos unidas.
Un lazo
abierto como la boca de un niño
abierta con sorpresa ante el mundo.
Un lazo.
Solo uno basta.
Solo uno espero.

