Escritos de Maryorie Del Valle Hernández

Maryorie Del Valle Hernández M. es Doctora en Estudios Sociales, con más de cinco décadas de experiencia vital que se reflejan en la profundidad de su pensamiento y escritura. Es docente universitaria, investigadora y tutora académica, comprometida con la formación de nuevas generaciones y la generación de conocimiento crítico sobre la sociedad, la cultura y los procesos de transformación social. Su labor académica se complementa con una sólida trayectoria en la práctica profesional como Contadora Pública y Gerente, lo que le ha permitido unir la rigurosidad analítica con la creatividad y la visión estratégica.

A lo largo de su carrera, Maryorie ha participado en múltiples talleres de escritura y concursos literarios de diversas temáticas, experiencias que han nutrido su voz literaria y su capacidad de explorar la realidad desde distintos enfoques. Para ella, la escritura no es solo un medio de expresión, sino un instrumento para investigar, reflexionar y reconstruir el mundo que nos rodea. Sus textos se caracterizan por un enfoque crítico y sensible, donde lo académico, lo social y lo emocional se entrelazan, construyendo nuevos horizontes de pensamiento y ofreciendo al lector la posibilidad de replantearse la realidad desde perspectivas renovadas.

Apasionada por la palabra, Maryorie Del Valle Hernández ve en la escritura un espacio de libertad y de resistencia simbólica, donde las ideas y las experiencias se convierten en puentes que conectan conocimiento, emoción y conciencia social. Su obra y trayectoria reflejan un compromiso profundo con el saber, la enseñanza y la creatividad, consolidándola como una figura relevante tanto en el ámbito académico como en el literario.

El Rey de Sal y Aurora

El sol no es más que un rumor bajo la línea, una promesa tibia que el horizonte esconde. Aún la bruma duerme, un sudario que confina la orilla y el silencio donde el silencio ahonde. Pero él ya está despierto: el pescador de ofrenda, con su piel curtida, mapa de soles y viento. Siente la arena fresca, su paso no se ofende, mientras carga en su espalda el peso de los sustentos

No hay alarma de metal, ni gritos, ni jaloneos, solo el ritmo ancestral de la marea que inspira. El bote, un viejo amigo, resistió cien mareos, tiembla manso en la orilla, esperando la travesía. El cabo se hace nudo que a la esperanza ata; la red, oscura y honda, sueña ya con su presa. Bebe un sorbo de café, la noche se desata, y el hombre se convierte en un fragmento de destreza.

“El mar no es de nadie, pero es mi casa”, piensa al deslizarse sobre el espejo oscuro. Y empuña el remo, donde la vida pasa, con la fe del que sabe que el camino es duro.

Se aleja de la luz que la costa presta, de las voces dormidas que la ciudad reposa. Busca la plenitud, la inmensidad que acuesta las olas en un runrún, una calma peligrosa. En la proa se sienta, vigía en la penumbra, con la mirada fija donde el pez va y se esconde. Sabe dónde la corriente su caudal vislumbra, dónde la flora marina sus secretos responde.

La labor es paciencia, un ruego silencioso, un arte de esperar con las manos curtidas. Lanza la red con fuerza, un vuelo majestuoso, que abre en el agua un círculo de promesas tejidas. El esfuerzo es total: un tirón de músculo tenso, cada fibra del cuerpo canta bajo la luz fría. El tiempo se diluye en un vaivén inmenso, entre el temor del vacío y la dulce algarabía.

Si el mar se enfurece, si su rostro se crispa, él no se doblega, concede su genio esquivo. Ha visto el rayo rasgar la atmósfera de avispa, y al trueno rugir sobre su pequeño navío. Y en la soledad inmensa, halla el alma desnuda, la lección de humildad que la inmensidad le impone. El mar es su maestro, jamás su servidumbre, y él, un humilde pescador al que el destino pone.

El sol finalmente asoma, rompiendo el velo gris, y pinta el horizonte de un cobre incandescente. El mar se vuelve oro, una joya feliz, mientras la barca retorna cargada, reverente. El botín no es suyo, es un préstamo sagrado, una ofrenda de vida que al pueblo ha de llevar. Recoge la red, el esfuerzo ya ha pagado, con el fruto salino que le ha dado el inmenso mar.

Sabe que, en cada escama, en cada golpe de remo, hay un ciclo cumplido, un respeto ganado. No toma más de los justos, ni en el duro extremo; el pescador y el mar son dos destinos de la mano. Regresa a puerto, un ancla toca el fondo, el olor a salitre, a madera y a sudor. Ha vuelto a casa, sano, del abismo redondo, el pescador, un rey en su humilde esplendor.

Los Alcatraces y el Ardid de la Red

La hora es del rocío, del silencio que aún muerde los últimos rescoldos de una luna menguante. Se ciñe el pescador, su voluntad no pierde, bajo el cielo de terciopelo y estrella titilante. Su barca, fiel madera que el tiempo no ha rendido, abre el agua con un susurro, rumbo al vasto confín. El motor es un latido lento y bien medido, mientras la costa es solo un vago recuerdo sin fin.

Y entonces, llegan ellos: los alcatraces, blancos, patrulla vigilante que corta el aire azul. Dibujan amplios círculos, audaces y francos, son la viva señal de que el festín es un tul. El hombre los observa, cómplice de su vuelo, sabe que donde cazan, el cardumen es denso. Ellos son el mapa que desvela el secreto del cielo, y él, un intérprete humilde de ese llamado inmenso.

La pesca no es cacería, es una lectura de sombras, de burbujas que ascienden, de un leve resplandor. El mar habla en signos, descifra sus asombros, y el pescador responde con técnica y con fervor.

La red está lista, un encaje de cáñamo fuerte, que espera su momento, tensa sobre la borda. El hombre siente el pulso bajo la piel inerte del agua, que bajo él silenciosa se aborda. Busca el lugar exacto, aquel punto de encuentro, donde el pez de la sombra y el pez de la luz nadan. El lance es un poema, la gracia está dentro, de ese gesto que lanza la promesa que aguardan.

La red cae pesada, un abrazo que envuelve, desaparece un instante, engullida por la espuma. Y ahora, la espera tensa, la fibra que resuelve si el esfuerzo será cosecha o tan solo una bruma. El cabo se estira, la cuerda gime y canta, ¡hay peso en la hondura! La batalla ha comenzado. Tira con las piernas, la fuerza se levanta desde el centro del cuerpo, el espíritu enardecido.

El músculo se contrae, la espalda se flexiona, el sudor cae en gotas que se pierden en el mar. Es la lucha honesta que al esfuerzo le apersona el peso de la vida que el hombre ha de llevar. Sube el tesoro vivo, plata y azul que brilla, el bonito, el pargo, el mero de escamas vibrantes. Se resuelven y saltan sobre la mojada tablilla, testigos del esfuerzo de manos desafiantes.

Los alcatraces bajan, planeando en el regreso, saludan con graznidos el éxito del día. Compañeros de faena, comparten el proceso, de la ofrenda marina y su dulce melodía. El sol ya está alto, su luz es una espada que corta el aire y el recuerdo de la fría noche. La barca, ahora plena, navega sosegada, sin prisa por la meta, sin miedo al derroche.

Cada pez en la cesta es un cuento ganado, una prueba de que el pacto se ha vuelto a sellar. Él no ha vencido al mar, tan solo ha cosechado la migaja de vida que la ola quiso dar. Y al llegar a la arena, la estela de sal es larga; el pescador sonríe, cansado, pero en paz. La vida es esta eterna y bendita carga: ver volar a los alcatraces y saber que ya está la pesca asegurada, solo esperando por la red.

Redacción editorial

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